domingo, 24 de enero de 2010

Sarna y gloria: Capítulo 1

William Sarna corría a pie por la vía del metro en dirección opuesta al sentido del tren. Tres motoristas de la hermandad de los lobos grises le perseguían en sus motos deportivas a toda velocidad.

Will había desviado su sentidos de la vista, olfato y gusto al sistema nervioso, y corría a 220 Km/h de frente al vagón del tren. El vagón se acercaba a máxima velocidad al choque frontal, el conductor no podía imaginar lo que iba a ocurrir.

Los motoristas recuperaban terreno y se dirigían al mismo destino negro que W.Sarna, un vagón de metro en dirección contraria.

Escasos metros separaban a William del tren cuando éste se arrimó a una de las paredes y tomando impulso cruzó al otro lado para seguir corriendo entre el vagón y la pared, a 4 patas, como si el vagón estuviese tumbado de lado y corriese por encima como un guepardo.

Las motos se enfrentaban ahora al gigante gusano de hierro, y cuando estaban a punto de la colisión se pusieron en versión espada, finas y con pequeños rodamientos en los lados para colarse por cualquier estrecho pasillo. Una se fué por cada lado y la tercera por encima tumbándose, rodeando por completo el vagón y avanzando en una redada de la que nada de lo que pudiera encontrarse entre las paredes o el techo y el tren se libraría.

Luces vertiginosas rodeaban el vagón. Era como si un metálico pez gigante estuviese siendo enfundado en una electrizante red. Los pasajeros, ajenos a todo, solo vieron pasar un destello fugaz que no llamó la atención más que a algún que otro fumeta atraido por todo lo brillante.

Las motos, formando un envoltorio eléctrico estaban dando alcance a William, que cual animal salvaje correteaba vagón tras vagón en escasos 80 cm que había entre la pared y el tren. Sabía que no tenía escapatoria si el tren se acababa, así que apuró hasta el último vagón y rompió el cristal para meterse en él. Todos los pasajeros salieron despavoridos hacia los vagones delanteros menos una panda de fumaos que aplaudían y se revolcaban en el suelo de risa.

William sabía que si los motoristas terminaban el tren darían la vuelta y no tardarían en cazarlo así que tenía que actuar con rapidez. Arrancó dos barras del techo de las que hay para agarrarse y las colocó en cruz deformando el vagón y haciendo que paredes y techo se doblaran hasta casi tocar con paredes y techo. La velocidad que llevaban los motoristas sumada al hecho imprevisible de la deformación de un vagón hizo que chocaran estrepitosamente y quedaran atrapados en el amasijo de hierros frenando el tren de golpe.

William aprovechó el frenazo para correr hacia la parte delantera a gran velocidad y salir por el vagón delantero en sentido contario a por donde vino, perdiéndose entre la oscuridad del túnel. Los fumetas se quedaron en el vagón trasero bailando y gritando por lo visto.

Tres lobos grises menos y William libre, la emboscada había fallado. El día se termina pero... la tormenta solo acaba de empezar, la calma es una utopía.

Continuará...

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